El Odiar y el Disgustar

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Brooklyn Suburb, Wellington, North Island, New Zealand

    Hay situaciones al parecer tan comunes que deben ocurrir casi en cada instante de cada día, de generación en generación, de país en país por igual (aunque claro siempre diferente en cuanto a los detalles y contexto). Escribo acerca de una situación probablemente reiterada a menudo y que sin falta es contestada similarmente cuando ocurre su planteamiento, divago acerca de la ocurrencia en la cual la opinión de uno es pedida por un par al respecto de cualquier objeto, idea,.. y en la que uno contesta que esa cosa, llamémosla X, es odiada por uno por razón Y o Z. Cuando esto ocurre uno suele expresarse de manera tajante, dandole la impresión a su interlocutor o audiencia general de que su opinión es definitiva y no podrá pasar por ningún tipo de cambio alguno (o que la intensidad del odio sentido hacia X podrá fluctuar) sin importar cuanto tiempo pase.

Luego nos contestan (o nos regañan), a veces con franqueza pura y rotunda, a veces con más sutileza, haciéndonos recordar que no hay que odiar las cosas sino nada más decir que a uno no le gustan ya que existe la posibilidad por más remota que a uno le parezca, que esa misma cosa que en uno causa desprecio, a veces hasta pavor o por lo menos indignación, pueda gustarle o hasta apasionar (o obsesionar) a alguien más.

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